martes, 6 de marzo de 2012

Arte Neoclàsico

La arquitectura, la escultura y la pintura defines del siglo XVIII y los primeros años del siglo XIX se convirtieron en importantes testimonios del pensamiento de la Revolución Francesa y de la época napoleónica.

El Pintor de la Revolución y el Imperio
Jacques Louis David (1784-1825) fue el pintor neoclásico por excelencia y el más admirado de su tiempo. Como los pensadores de la Ilustración, él también creía que el arte podía revelar con facilidad verdades a las que la razón llegaba con mayor esfuerzo. Comprometido con la Revolución. David consideraba que sus pinturas debían contener una enseñanza, expresada de manera clara y sobria. Más tarde, se convirtió en el primer pintor de Napoleón y retrató los momentos más importantes de su carrera militar y política. Tras la caída de Napoleón, abandonó Francia y se exilió en Bruselas, donde murió.

Cupido y Psiquis. Detalle de la escultura en mármol de Antonio Canova (1757-1822). 

El veneciano Canova es el máximo representante de la escultura neoclásica.




El juramento de los Horacios. Óleo de David, 1784.
En esta obra, el artista representa un episodio de la historia de Roma: en un momento de extremo peligro, tres hermanos romanos, hijos del jefe militar romano Horacio, deben luchar a muerte contra tres hermanos de la ciudad enemiga de Albalonga, llamados los Cudacios, por el honor de su ciudad y el dominio del territorio. David pintó el momento en que los jóvenes juran, ante las espadas que sostiene su padre, morir por su patria, a pesar de que las dos familias —los Horacios y los Curiacios— estaban unidas por lazos familiares. A la derecha de la composición, las mujeres de la familia lloran con desesperación. Si bien este cuadro fue pintado pocos años antes de 1789, cuando estalló la Revolución se vio en él un antecedente de la misma, porque el tema destaca los valores de la libertad y la defensa de la patria y exalta a la República romana como una época en la que se desarrollaron especialmente esos valores.

Arco de triunfo de la Plaza del Carrousel. Arquitectos Carlos Percier y Pedro Fontaine, 1806. 

Con este monumento, inspirado en los arcos de triunfo romanos, se exalta la figura de Napoleón. La decoración del arco alude a la victoria de las tropas imperiales en todos los frentes de batalla. Sobre las columnas se levantan las estatuas de soldados napoleónicos.

Las sabinas. Óleo de David, 1799. 

Nuevamente la exaltación del valor se encarna en la historia de la antigua Roma. En este caso, David representó el episodio en el que las mujeres sabinas, raptadas por los romanos que carecían de mujeres en la recientemente fundada Roma, se interponen entre sus maridos (los romanos) y sus padres para obtener la paz. El extremo rigor de la composición no impide que trasunte gran dramatismo. La mujer con los brazos abiertos, que impone con su gesto el fin de la lucha, encierra una intención política: es un símbolo del triunfo y un llamado a la reconciliacion. Cuando David pintó este cuadro, Napoleón iniciaba su brillante carrera.

Consagración de Napoleón. Óleo de David, 1808. 

En esta obra se representa el momento en el que Napoleón, que ya se ha coronado emperador, corona a su esposa Josefina. Deliberadamente David representa al gobernante como a un emperador de la antigua Roma, tal como lo sugiere el uso de la corona de laurel, las sandalias, la túnica y la toga (en este caso con el borde ricamente bordado)








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